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El buitre y el águila

Nivel C1 · 408 palabras

El buitre y el águila

Érase una vez, en los riscos brumosos sobre las altas montañas, un buitre orgulloso y un águila majestuosa. En aquella cumbre donde aullaban los vientos ásperos, al buitre le gustaba mucho jactarse de sus talentos superiores. El águila, en cambio, escuchaba el viento con porte digno y observaba con calma el misterioso equilibrio de la naturaleza. En cada ocasión el buitre extendía las alas, hinchaba el pecho y alababa con orgullo sus ojos agudos como señor del cielo. Aquellas dos aves inmensas llegaron al umbral de una conversación profunda mientras el rojo del atardecer cubría los valles. Lanzando una mirada provocadora hacia las profundidades del valle, el buitre empezó a presumir ante el águila que estaba a su lado. "Ningún otro ser de estas tierras ha tenido jamás una vista tan aguda como mis ojos," dijo.

El águila volvió la cabeza lentamente y respondió: "La verdadera vista no es solo distinguir lo lejano, sino poder presentir el peligro." El buitre fingió no oír aquellas palabras sabias, soltó una carcajada burlona y señaló hacia abajo. "¿Ves ahí abajo aquel trozo de carne del tamaño de una avellana que está entre los arbustos espesos?" preguntó. El águila entornó los ojos, miró hacia el valle y advirtió enseguida las huellas sospechosas alrededor de la carne. "Veo esa carne, pero también huelo la trampa del cazador escondida a su alrededor," dijo el águila. El buitre tomó aquella valiosa advertencia por una cobardía del águila y decidió actuar de inmediato. "¡Mientras tú mueres de hambre por tu falta de valor, yo disfrutaré de este sabroso bocado!" gritó.

Luego batió sus enormes alas y se lanzó con codicia en un descenso vertical hacia el fondo del valle. El buitre, cuyos ojos no veían más que codicia, se acercó a su objetivo con gran velocidad. En el instante en que clavó sus garras en el trozo de carne, la trampa de acero oculta entre las hierbas se cerró con violencia. Con las patas atrapadas en la trampa, el buitre empezó a debatirse sin remedio lanzando gritos amargos. El águila que planeaba en el cielo se posó en la ladera junto a la trampa con un vuelo en el que se mezclaban la tristeza y la lección. "Viste el bocado más pequeño desde leguas de distancia, pero no advertiste la ruina bajo tus propios pies," dijo el águila. El buitre soberbio pagó el precio de sus ojos cegados por la arrogancia perdiendo por completo su libertad. Quienes sucumben a su codicia y se vanaglorian de su talento se ciegan tanto que no ven los mayores peligros ante sus ojos. Quien cae por su propia culpa no llora.