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El ave sagrada

Nivel C1 · 408 palabras

El ave sagrada

Érase una vez, al borde de un antiguo bosque donde las aguas frescas corrían con melodías, un pajarillo de vanidad insoportable al que llamaban el Pájaro Sagrado. Aquella criatura encantadora, sin reparar en sus patas finísimas, afirmaba a la menor ocasión que podía sostener el cielo él solo, y presumía ante todos los que lo rodeaban. Los animales sabios del bosque acogían con una sonrisa aquellas jactancias infantiles, aunque por cortesía se alejaban enseguida de su lado. Cuando se posaba entre las hojas de un verde intenso, le gustaba muchísimo levantar las patas al aire, hinchar el pecho y cantar con aires de suficiencia. Todo el día repetía a los demás pájaros que, si él no estuviera, la bóveda azul del cielo se vendría abajo. Una mañana de otoño, mientras el viejo oso y el astuto zorro descansaban bajo un roble imponente, nuestro pajarillo volvió a salir a escena. Se tumbó de espaldas en una rama baja del árbol, levantó al aire sus finas patas y empezó a gritar con orgullo.

“¡Oh, pueblo del bosque, mirad y aprended de mi noble postura!”, se jactó en voz alta. “Si yo no levantara al aire estas patas poderosas, el cielo se desplomaría sobre vuestras cabezas y todos quedaríais aplastados.” El viejo oso meneó la cabeza y dijo: “Querido amiguito, esas patas tan delicadas tuyas apenas podrían con una bellota.” El Pájaro Sagrado se enfureció mucho con estas palabras y protestó estirando el pico hacia el cielo. “¡Si no me creéis, esperad: cuando truene, veréis con vuestros propios ojos cómo salvo el mundo!”, exclamó. El astuto zorro entornó los ojos, miró al pajarillo y sonrió bajo sus bigotes. Justo en ese momento sopló un viento suave y, de la rama de arriba, una hoja seca y amarillenta empezó a caer planeando.

La hoja rozó levemente el pecho delicado del Pájaro Sagrado y cayó al suelo. Creyendo que el cielo se le había desplomado encima, el pajarillo soltó un chillido agudo de puro terror. El pájaro se levantó de un salto del lugar donde yacía de espaldas, olvidó sus patas y se refugió, huyendo por su vida, en una fortaleza de matorrales cercana. Cuando todos los animales del bosque vieron aquella escena tan cómica, los arrastró un alegre torrente de carcajadas. El Pájaro Sagrado, que decía sostener el cielo con sus patas, agachó la cabeza de vergüenza al comprender que había huido incluso de una hojita diminuta. El valor de quienes pronuncian grandes palabras suele estar condenado a dispersarse con el primer viento pequeño. Come un bocado grande, pero no digas una palabra grande.