El asno y la serpiente
Érase una vez, al borde de un viejo bosque donde fluían aguas frescas, vivía un lindo burro. En los días calurosos cuando el sol brillaba intensamente, llevaba pacientemente las pesadas cargas de los aldeanos y nunca se quejaba. Un día, el rey sabio le encomendó a este burro paciente un regalo mágico que ofrecía juventud y frescura infinitas para los humanos. El burro se puso en marcha alegremente en un largo viaje con este tesoro inestimable cargado en su espalda.
A medida que avanzaba el viaje, el sol abrasador comenzó a quemarlo todo y a secar la garganta del burro. El indefenso animal, cuyas rodillas se doblaban por el cansancio, comenzó a buscar una gota de agua a su alrededor. Finalmente, entre las rocas, vio una fuente helada que fluía con abundancia. Sin embargo, en la cabeza de la fuente, una serpiente enroscada conocida por el veneno de la sed estaba esperando. El burro se acercó con timidez y suplicó: "Por favor apártate un poco para que pueda beber de esta agua fresca".
La serpiente respondió con voz susurrante: "Beber de esta agua dulce tiene un precio, amigo mío". Dejando indefenso, el burro le ofreció a la serpiente la carga mágica de su espalda sin comprender del todo su valor. "Déjame darte esta caja mágica de mi espalda, siempre que me dejes saciar mi sed", dijo. La astuta serpiente aceptó esta oferta con alegría y de inmediato se apartó para dar paso al burro. Mientras el burro bebía agua a sus anchas, la serpiente absorbió en su propio cuerpo el secreto de la juventud infinita de la caja.
Desde aquel día, las serpientes ganaron la capacidad de rejuvenecer mudando su piel cada año. El burro, al actuar irreflexivamente, perdió la valiosa confianza y se quedó solo con el destino de la sed constante. Sacrificar valores inestimables en nuestras manos por el bien de comodidades momentáneas trae un gran arrepentimiento. A lo hecho, pecho.