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El asno y el cerdo

Nivel C1 · 374 palabras

El asno y el cerdo

Érase una vez, a la orilla de un bosque antiguo por donde las aguas frescas corrían con alegre murmullo, un viejo granjero. En el establo de aquel granjero había un burro trabajador que se afanaba sin descanso de la mañana a la noche. Cada día el burro llevaba pesados sacos sobre el lomo y soportaba con paciencia toda la carga de las duras labores del campo. Justo al lado, en cambio, tras las vallas de madera, yacía un cerdo gordo que pasaba los días sin hacer trabajo alguno. Cada mañana el granjero ofrecía a aquel cerdo gordo las frutas más sabrosas y grano fresco en abundancia. El burro miraba el puñado de paja seca que le ponían delante y lanzaba un hondo suspiro. Una tarde, cuando las rodillas le flaqueaban de cansancio, se acercó con ojos de envidia a su vecino el cerdo.

"Qué afortunado eres, amigo mío; todo el día estás tumbado ocioso a la sombra", dijo. "Yo, en cambio, me deslomo todo el día por caminos polvorientos con pesadas cargas al lomo." El cerdo se desperezó en su sitio con aire altivo y siguió masticando la dulce manzana que tenía en la boca. "Nuestro amo conoce mi alto valor, mientras que a ti solo te juzga digno de esta paja sin valor", se jactó. El burro, muy apenado por aquella situación injusta, bajó la cabeza y se durmió en silencio. Pero pocos días después empezaron en la granja los preparativos de un gran y alegre banquete. El granjero y sus fuertes aprendices, con afilados cuchillos en las manos, caminaron derechos hacia el corral del cerdo.

El cerdo, que no entendía lo que ocurría, lanzó chillidos amargos y trató de huir lleno de impotencia. Pero su amo se llevó al cerdo que había cebado con tanto esmero durante tanto tiempo, para prepararlo para la mesa del banquete. El corazón del burro, que miraba con espanto desde el rincón oscuro del establo lo que sucedía, se encogió de un miedo profundo. En aquel instante comprendió la amarga verdad que había tras toda aquella comodidad sin esfuerzo y aquellas comidas sabrosas. Mientras masticaba en paz su paja seca, entendió cuán preciosa era su propia vida segura y sencilla. Antes que envidiar la peligrosa abundancia de los demás, una paz modesta ganada con tu propio trabajo vale más que todo. Poca comida, cabeza sin preocupaciones.