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El anciano y su hijo

Nivel C2 · 391 palabras

El anciano y su hijo

Érase una vez, al borde de un bosque antiguo donde corrían murmurando aguas frescas, vivían un hombre anciano y su hijo. Con el paso de los años los ojos del padre se habían debilitado, y a causa de sus manos temblorosas derramaba a menudo su sopa sobre la mesa. Su hijo y su nuera, en lugar de entristecerse por el estado del pobre hombre, se volvían más impacientes cada día que pasaba. Al final decidieron apartar al anciano padre de la mesa principal y sentarlo en un rincón apartado junto al hogar. El hombre desdichado, con los ojos húmedos, empezó a comer su comida completamente solo en la silla de madera junto al hogar. Una tarde las manos del anciano padre temblaron de nuevo con fuerza, y el cuenco de porcelana cayó al suelo y se rompió. Su hijo se enfadó, lo regañó con dureza y dijo: "De ahora en adelante te daremos la comida en un cuenco de madera."

El anciano soltó un profundo suspiro, pero enterró su tristeza en su corazón y no dijo ni una sola palabra. Al día siguiente el pequeño nieto del hombre empezó a tallar con paciencia, con un cuchillo, los bloques de madera del jardín. Al ver que el niño daba forma a la madera con profunda atención, su padre se acercó a él con curiosidad. Con una sonrisa llena de amor preguntó: "Dime, hijo mío, ¿qué haces ahí?" El pequeño niño alzó su mirada inocente hacia su padre y respondió con una voz sumamente tranquila. "Estoy tallando un cuenco de madera para que comas en él tu comida cuando crezcas y te hagas viejo, padre." Estas palabras cayeron como un rayo en el corazón del padre y desataron una gran tormenta en su mente.

Aplastado bajo el peso del error que había cometido, el hijo corrió enseguida junto a su anciano padre que estaba al lado del hogar. Tomando las manos callosas y temblorosas del anciano, pidió perdón entre lágrimas. Lo abrazó con ternura y lo sentó de nuevo en el lugar de honor de la mesa, teniéndolo en la más alta estima. Desde aquel día limpió con amor cada sopa que su padre derramaba, y nunca más le dijo una sola palabra hiriente. La pequeña cabaña se convirtió en un hogar apacible que rebosaba con el calor del respeto y de la lealtad. El ser humano debe a los mayores que lo criaron la misma ternura y el mismo respeto que muestra a su propio hijo. Cada uno recoge lo que siembra.