El águila y el ratón
Érase una vez, en lo profundo de un bosque antiguo acogido por escarpados acantilados, vivía una majestuosa águila. Aquella ave rapaz, que reinaba sobre las altas rocas, creía con su mirada aguda que era la única dueña del cielo. En cambio, un pequeño ratón de campo, que llevaba una vida humilde entre las sombras, se había anidado bajo la tierra. El águila observaba con burla en cada ocasión a esta diminuta criatura que despreciaba, y menospreciaba su debilidad planeando desde lo alto. Mientras las estaciones cambiaban en el valle mágico, los caminos de estos dos seres opuestos iban a cruzarse de manera inevitable. En un caluroso día de verano en que el sol brillaba resplandeciente, el águila abrió sus enormes alas y se lanzó hacia su presa. El pobre ratón, que buscaba comida entre las hierbas, quedó de pronto atrapado entre las enormes garras que cayeron sobre él.
Temblando de miedo, el ratón reunió su valor mirando al orgulloso cazador y comenzó a hablar con voz suplicante. "Oh, excelso soberano de los cielos, me tragarás de un bocado sin siquiera saciar tu apetito", dijo. El águila, afilando su pico, rugió: "¿Qué provecho podría darme una criatura tan pequeña como tú?" El ratón astuto parpadeó y respondió: "Si hoy me perdonas la vida, llegará el día en que yo también pueda serte de ayuda." El águila, que rio a carcajadas ante estas palabras, encontró sumamente divertida la profecía del ratón y lo dejó libre. "Criatura pequeña de cuerpo pero grande de mente, vete y da gracias a tu suerte", dijo, soltándolo hacia la tierra húmeda. El ratón, que se zambulló rápidamente en el campo, miró al ave gigante con ojos llenos de gratitud y desapareció hacia su oscura madriguera.
Pasaron los meses y un día una trampa resistente, tendida por los cazadores, derribó sin remedio a la majestuosa águila. El ave orgullosa, enredada en gruesas cuerdas, por más que se debatió no logró librarse de aquellas redes firmes. El diminuto ratón, que oyó los gritos desesperados del águila, corrió enseguida hacia la dirección de donde venía el sonido, sin dudar ni un instante. El ratón, que royó una a una las cuerdas de la trampa con sus dientes afilados, devolvió pronto la libertad al ave gigante. El águila, que batía las alas libremente, miró con admiración a este diminuto amigo que la había salvado y se avergonzó de su soberbia. La verdadera grandeza no reside en la majestuosidad de los cuerpos, sino en la ayuda sincera que los corazones y las mentes se ofrecen. La sabiduría está en la cabeza, no en la edad.