El águila y el milano
Hace mucho tiempo, en la cumbre de una montaña donde corrían aguas frescas y altos acantilados se alzaban hacia el cielo, vivía una magnífica águila. Con su mirada penetrante y sus poderosas alas, esta águila era considerada la soberana inquebrantable de los cielos. Un buen día, un astuto milano que planeaba a lo largo del valle llegó junto a esta majestuosa ave y se le acercó con admiración. Aprovechando la soledad del águila, el milano quería ganarse su confianza y sacar provecho de su fuerza. Así pues, empezó a hablar con palabras melosas al águila, que estaba posada en un alto acantilado. "Oh, excelso señor de los cielos, ser vuestro amigo sería para mí el mayor de los honores", dijo el milano. El águila, asombrada por la audacia de aquella ave pequeña y débil, le preguntó qué podía ofrecerle.
Con aire de absoluta seguridad, el milano hinchó el pecho y se lanzó a hacer grandes promesas. "Si os hacéis amiga mía, cada día cazaré para vos enormes conejos e incluso avestruces", dijo. El águila creyó las palabras cautivadoras del milano, aceptó su oferta e hizo un pacto con él. Al cabo de unos días, hambrienta, el águila le recordó a su amigo la promesa que le había hecho. "¿Dónde están esas presas descomunales que ibas a traerme?", le gritó al milano. El milano alzó el vuelo de inmediato y al cabo de un rato regresó con un ratón diminuto apretado en el pico. El águila miró el ratón escuálido que le habían dejado delante y bramó de ira y decepción.
"¿Aquellas presas magníficas que me prometiste eran solo este ratón sin valor?", preguntó. Sin inmutarse lo más mínimo y con una actitud del todo serena, el milano miró al águila a la cara. "Para ganarme la amistad de una soberana tan poderosa como vos, habría prometido cualquier cosa", dijo. El águila sintió una gran vergüenza por haberse dejado engañar por palabras hermosas y por haber creído promesas vacías. Al comprender que las amistades fundadas en la mentira no valen nada, el águila expulsó al milano de su presencia para siempre. Desde aquel día, el águila no volvió jamás a hacer caso de promesas fingidas. Quienes hacen grandes promesas que no pueden cumplir están condenados a perder, llegado el momento, la confianza que se les tiene. Se suele decir que la vela del mentiroso solo arde hasta el anochecer.