El águila y el cuervo
Érase una vez; este cuento ocurre en una ancha llanura donde soplaban con brío los vientos que se deslizaban tras las altas colinas. Un águila sublime, el dueño orgulloso del cielo, vivía sola en la cima de los riscos escarpados. Un cuervo curioso que vivía en el mismo valle observaba sin cesar el vuelo majestuoso de aquel pájaro fuerte. El cuervo olvidaba sus propias alas pequeñas y soñaba cada día con volverse un héroe valiente e invencible como él. Una brillante mañana de primavera el águila puso sus ojos agudos en el rebaño que pacía entre la hierba fresca de la llanura. Deslizándose hacia abajo con gran gracia, atrapó velozmente un corderito entre el pico y las garras.
Batiendo una sola vez sus fuertes alas, se elevó sin esfuerzo con su presa hacia las profundidades azules del cielo. El cuervo, que lo miraba con envidia, adoptó un aire fanfarrón y empezó a hablar consigo mismo. "Esa cosa tan simple que él hace la puedo hacer yo de sobra", graznó con soberbia. Con los ojos oscurecidos por la codicia, el cuervo se lanzó veloz sobre el carnero más grande y de lana más rizada que había escogido. Se posó con toda su fuerza sobre el lomo del enorme carnero y clavó sus garras afiladas en su espesa lana. Pero cuando intentó lanzarse hacia arriba con fuerza, no logró mover aquel cuerpo pesado ni un milímetro.
Cuando el pobre cuervo comprendió que no podía alzar el vuelo, quiso retroceder con miedo, pero sus garras se habían enredado bien en la espesa lana. El pastor, al oír los gritos del cuervo desvalido, que se hundía más cuanto más se debatía, llegó corriendo enseguida al lugar. El pastor sonrió, atrapó al cuervo, le cortó cortas las puntiagudas plumas de las alas y lo metió en una jaula. Cuando volvió a casa por la tarde, el pastor regaló este pájaro tan gracioso a sus hijos pequeños para que jugaran. A la pregunta de los niños "¿Qué pájaro es este, padre?", el pastor respondió: "Un cuervo aturdido que se cree un águila." Quienes envidian a otros sin conocer su propia fuerza no se libran de quedar en ridículo. Estira los pies según tu manta.