El águila, el gato y el jabalí
Érase una vez, en una encina antiquísima al borde de un bosque verde por donde corrían aguas frescas, vivían tres familias distintas. Una espléndida águila había hecho su nido en la rama más alta del árbol y criaba con ternura a sus dulces polluelos. En el hueco profundo del tronco vivía una gata astuta, y entre las raíces de abajo se alojaba una simpática jabalina. Al principio estos vecinos se llevaban bien entre ellos y compartían con alegría sus días llenos de paz. Pero la gata celosa y egoísta quería adueñarse ella sola de todo el espacio de aquel hermoso árbol. Tramando un plan traicionero, primero trepó con pasos silenciosos hasta la copa del árbol, junto al águila inocente.
"¿No ves que la jabalina de abajo está cavando la tierra? ¡Derribará el árbol y cazará a tus polluelos!", dijo, y asustó al águila. El águila madre, espantada, no se atrevió a dejar su nido y empezó a montar guardia sin cesar. Poco después la gata bajó al pie del árbol y logró acercarse a la inquieta jabalina. "El águila de arriba espera a que salgas para llevarse a tus crías; ¡no abandones tu madriguera!", dijo. Estas palabras llenas de cizaña de la gata malintencionada sembraron un miedo hondo en el corazón de la pobre jabalina. Los dos vecinos, creyendo que la desgracia se acercaba, se encerraron con miedo en sus casas.
Con los días el águila se debilitaba porque no podía cazar, y la jabalina no daba ni un paso fuera por el miedo. Las dos madres siguieron esperando desvalidas en sus casas para proteger a sus crías. Los pobres animales, incapaces de soportar más el miedo y el hambre, perdieron pronto las fuerzas y murieron. La gata taimada, en cambio, contempló con placer cómo su plan perverso lograba su objetivo sin ningún esfuerzo. Así, la gata astuta siguió viviendo y usó ella sola todos los recursos que quedaban del árbol. Creer sin cuestionar las mentiras de los calumniadores y sembradores de cizaña lleva a grandes desgracias sin remedio. Con la cuerda de un mentiroso no se baja al pozo.