Diógenes y el hombre calvo
Érase una vez un hombre sabio en un pueblo viejo junto al mar azul. Este hombre sabio se llamaba Diógenes y vivía feliz en su tonel. De día miraba la luz cálida del sol y de noche escuchaba las estrellas brillantes. La gente del pueblo venía cada día para oír sus palabras dulces. Diógenes siempre estaba tranquilo y respondía a todos con una sonrisa. Una mañana calurosa, cuando el sol brillaba mucho, llegó al pueblo un hombre grosero.
Este hombre no tenía pelo en la cabeza y peleaba con todos sin razón. El hombre calvo vio al sabio Diógenes al lado del tonel. Le gritó muy fuerte y lo insultó con palabras feas. La gente de alrededor se puso muy triste, pero el sabio no se enfadó. Diógenes solo sonrió y miró con atención al hombre grosero. El hombre calvo vio esa calma y se enfadó todavía más.
La multitud esperaba en silencio y tenía mucha curiosidad por la respuesta. Diógenes se levantó tranquilo y se acercó al hombre. «No voy a decirte ninguna palabra mala», dijo el sabio. «Pero quiero felicitar al pelo de tu cabeza», añadió. «Porque ese pelo bonito dejó muy pronto una cabeza tonta como la tuya.» El hombre grosero no encontró respuesta y se marchó con vergüenza. La persona inteligente responde a las palabras malas con ingenio, no con ira. Quien se levanta con ira, se sienta con pérdida.