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Creer y no creer

Nivel B2 · 369 palabras

Creer y no creer

Érase una vez, más allá de los valles verdísimos, un bosque antiquísimo donde las hojas doradas se susurraban unas a otras. En este bosque encantado vivían un lobo ingenuo que creía enseguida cada palabra y un búho sabio que dudaba de cada susurro. El lobo caía en cada dulce mentira que llegaba a su oído y vagaba por los senderos apacibles del bosque soñando sin parar. El búho sabio, en cambio, observaba todo desde la rama de un plátano alto y nunca renunciaba a seguir el rastro de la verdad. Un buen día el zorro astuto preparó un plan ingenioso para engatusar a este lobo ingenuo. El zorro se acercó al lobo y le dijo que en el río de detrás del valle corrían arroyos de miel dulce.

Al lobo ingenuo le brillaron los ojos, creyó enseguida ese cuento dulce y decidió correr hacia el río. El búho sabio de la rama bajó planeando con calma, se posó delante del lobo y lo detuvo con una advertencia. El búho subrayó que en el río no había miel, sino trampas peligrosas puestas por los cazadores. Pero el lobo no hizo caso de la amarga advertencia de la verdad y no quiso creer de ninguna manera las palabras del búho. Aferrarse a la mentira tentadora que le ofrecía el zorro le parecía más dulce que la verdad desnuda que le mostraba el búho. El lobo rechazó con soberbia el consejo amistoso del búho y siguió corriendo deprisa hacia el río.

El zorro astuto, en cambio, se apartó, soltó una risita y se puso a contemplar con gusto aquella ingenuidad. Cuando el lobo llegó a la orilla del río, en vez de miel cayó en la afilada red del cazador que lo esperaba. Pagando el duro precio de correr tras una mentira, el lobo se enredaba más en los nudos de la red cuanto más se debatía. El búho, que lo miraba desde lejos, se apiadó y cortó la cuerda a picotazos, salvando al lobo con mucho esfuerzo. Mirando sus sueños hundidos en el río y su propia ignorancia, el lobo comprendió con dolor el error que había cometido. Desde aquel día el lobo ingenuo aprendió a escuchar las verdades amargas en vez de creer ciegamente en las mentiras dulces. El hombre no debe creer las dulces mentiras que quiere oír, sino las amargas verdades que lo protegen. Con la cuerda de un mentiroso no se baja al pozo.