Afrodita y el mercader
Érase una vez, en un encantador pueblo portuario junto a los mares azules, vivía un viejo comerciante. Este comerciante se llamaba Kerem y durante años había transportado telas de colores a países lejanos. Sin embargo, recientemente sus negocios fueron mal y perdió todo el oro que tenía. Sin saber qué hacer, Kerem decidió ir al magnífico Templo de Afrodita en la colina para rezar. Se arrodilló ante la estatua de la diosa Afrodita y le pidió ayuda con sinceridad.
Kerem prometió: "Si me ayudas, te ofreceré la mitad de lo primero que encuentre". Al día siguiente emprendió un largo viaje y encontró un gran saco mientras caminaba por un caluroso desierto. Dentro del saco había miles de deliciosas y dulces dátiles. Kerem comió los dátiles con alegría, pero al recordar su promesa, la codicia se apoderó de él. Pensó para sí mismo: "En lugar de ofrecer oro, basta con dejar los huesos de dátil en el templo". Al regresar al templo, colocó los huesos en el altar y dijo: "Aquí mantuve mi promesa; me comí el exterior y te di el interior".
Orgulloso de su astucia, Kerem regresó a casa y se durmió plácidamente. Esa noche vio en sueños a Afrodita brillando intensamente. La diosa le dijo con voz dulce: "Cien monedas de oro te esperan en la orilla, ve y tómalas". Con gran emoción, Kerem corrió de inmediato a la playa, pero en lugar de oro encontró piratas. Los piratas capturaron a Kerem y le exigieron un rescate de exactamente cien monedas de oro por su libertad.
En ese momento, el codicioso comerciante se dio cuenta de que no podía engañar a la diosa con astucias. Quien se aleja de la honestidad acaba cayendo en el pozo que él mismo cavó. La mentira tiene patas cortas.